Busco a Aniceta en la feria, el pan empapado en aceite y tomate que ponen en la caseta de este periódico está que te mueres, busco a Aniceta, me pongo joncho de pan con tomate y busco a Aniceta entre los periodistas, los políticos, los poetas y la gente que llena la caseta de este periódico, aquí Aniceta no está, una cerveza más, dos o tres rebanadas más de pan con aceite y tomate, ya van catorce, hoy no he desayunado mis ostras con manteca colorá, a lo mejor aparece, lo mismo está a punto de venir Aniceta, no viene, hay que salir a la selva sanlucona y seguir buscándola, par de ojazos bellísimos tras la barra de la caseta del Deán, pero ¿dónde Aniceta?, ¿por qué no Aniceta?, Gregorio el del Deán dice que no sabe si Aniceta ha estado allí, entre otras cosas porque no la conoce, qué caseta más apañá la del Dean, qué marcha tiene, lo que pasa es que sin Aniceta yo no me fío de tomarme otra copa, a lo mejor está orinando, o muerta, miro en los servicios, miro en los retretes, miro entre las piernas, llamo a los hospitales y a las clínicas psiquiátricas, me dejo el saldo, Aniceta no está ni aparece, miro en los turrones, no está, lo mejor será dejar de buscarla y empezar a reír como si nada hubiera pasado, como si la feria sin Aniceta estuviera igual de triste que con ella a cuestas.
16.10.08
15.10.08
Explotadores
Si restáramos el tiempo que le dedican a interrumpirse, a mandarse a callar, a discernir quién está en el uso de palabra y qué es el uso de la palabra, los plenos de la Corporación Municipal del Ayuntamiento de Jaén no durarían tanto, seguro que se aligeraban un par de horicas, algo es algo. Lo que no puede ser son las quince horas del pleno último, releches, que da hasta reparo eso de meterse uno en su camica sabiendo que enfrente de la Catedral nuestros santos salvadores, centinelas del Ronquío, andan dale que te pego al curro y que se van a comer el ochío en el escaño. Y que nadie les lleva un caldo de madrugada, ¿eh?, ni siquiera un vasito de leche con Eco o una caricia, un ánimo susurrado en la oreja y, si me apuran, un beso en la frente. En esas condiciones, dime tú a mí qué ganas van a tener de aprobar o desaprobar lo que venga tras nueve, diez, once horas aprobando y desaprobando cosas. Vamos, que lo mismo ya aprueban o desaprueban al buen tuntún la calidad estética del bostezaco que acaba de pegar la Beltrán, por ejemplo, o las veces que Alfonso Sánchez se ha palpado la nariz para ver si sigue en su sitio. Es verdad que los ciudadanos los queremos ahí, trabajando, pero tampoco les vamos a dar pie a que nos tomen por explotadores, que luego tó lo cascan.
14.10.08
Un coñazo
Sentarse un domingo a ver un desfile militar tiene que ser un coñazo de agárrate y no te menees, lo mires por donde lo mires y por más patriota que te pintes, por más lagrimones que se te caigan al pensar en la grandeza española, por más erecciones y flujos que te produzca ver un legionario despecheretado y caprino haciendo así con el puño y con el papo a pique del explotío. Un coñazo, sin más adornos. Creo que el PSOE está haciendo un poco el gamba al llevarse las manos a la cabeza por la metedura de pata de Mariano Rajoy. A la Leire Pajín esa no se la cree ni su tía cuando se estremece y amohina el gesto porque el paso de interminables soldaditos le parezca un coñazo de plan al líder de la oposición, quien al mismo tiempo hace el tonto excusándose con la cosa de lo coloquial y del comentario privado. No señor: lo dicho, dicho está, y ahora cuéntame películas. Sienta tú a la Pajín y échale el desfile, a ver qué clase de experiencia trascendental te narra cuando acabe el espectáculo. Lo que los políticos deberían aprender de una puñetera vez es que los instrumentos de sonido ya no son dos vasos de Danone unidos con un hilo, que ahora captan hasta el peo de una mosca, y dejarse de papanatismos, que lo coñazo es coñazo porque coñazo lo parieron.
Pregón de Feria
Jaenitas, jaenonchos, jaenonchas, jaenudas, jaenudos, jaenerines y jaenerinas, jaenacas y jaenacos, jaeninchis, jaenícolas todos; amigos y vecinos; forasteros que habéis «venío»; autoridades de la cosa esta; taxistas; cofrades; alabarderos; Cristina Nestares; primo Gerardo, que acabas de llegar de Santa Cruz de Mudela y apenas hemos podido hablar, ¿cómo está la tita? Bueno, ya me lo dirás, que ahora tengo que dar un pregón… ¡Gente!:
En realidad, esto de pregonar la Feria de San Lucas de la tierra de uno, además del honor y la emoción y la satisfacción y todas esas tonterías que se dicen para quedar más guay que la copón y hacerse el chulo y el emotivo delante de la peña, además de todo eso, digo, yo creo que es un pérdida de tiempo que no debería tener perdón, porque a ver qué pollas hago yo aquí pegando voces y vosotros ahí abajo escuchándome cuando la Feria está que arde de sábado y comienzo, de pinchito y salero, de tómbola, de aguaducho, de sombrero y escandalera, de triquitrí, de tracatrá, de «cucha tú», de «ay por dios» y con los meaderos todavía limpios, se supone. Que la Feria son siempre muy pocos días, por muchos que les pongan, y nunca les ponen tantos los tíos rácanos estos que reparten y nos gobiernan la diversión; que la Feria se pasa en «ná», que la Feria dura lo que dura dura y al final nos encontramos con que sólo nos queda el polvazo en los zapatos y en los perniles de los calzones y unas ganas de seguir que te cagas, con los chiquillos desolados y la cartera boquiabierta por el desconcierto. Así que voy a procurar ser breve, que no quiero que me guardéis rencor por haberos robado un tiempo de diversión con la leche el pregoncito, que ya bastante tengo, «jamía». Además me han dicho que a la cabalgata ya no la pueden sujetar por más tiempo, que los gigantes se han hecho fuertes y tienen a dos munipas de rehenes, los cabezudos carecen de consuelo por el mal rato que les estamos haciendo pasar y los cristianos andan intimando demasiado con los moros, para matar el rato, y veremos a ver si no los vamos a tener que separar a «chillíos» contrarios al mestizaje cultural.
A ver: yo no voy a poder hablaros de aquellas ferias de «ganao», con sus picaruelos tratantes, sus moscas licenciadas en Humanidades y sus mulas llenas de mataúras, que sé que es lo bonito por lo que tiene de blanco y negro y de nostalgia costumbrista: primero, porque yo no viví aquello, y segundo porque de eso ya se ha hablado en pregones quinientas veces y va a haber que ir renovando, que para pestiñazos repetidos ya tenemos donde elegir en la vida. Tampoco se me pone en el ánimo hacer historia de legajo y papelote y contarles, una vez más, que el Condestable Miguel Lucas de Iranzo regentaba por las noches un tenducho de moricas corpulentas que se peían con bravura en la cara de los degenerados jienenses y forasteros que pagaban para ello. Lo tenía por ahí por el Gran Eje, más o menos donde hoy está la Universidad Popular, y como ya sabe todo el mundo —porque mira que se ha repetido veces esta historia, más que la de «que le den por culo a Perales»—, una noche de parroquia escasa se le presentó San Lucas y, entre cuescazo y cuescazo de morica bigarda y entre las risotudas carcajadas del Condestable —porque mira que tronaba Jabalcuz cuando se reía ese hombre—, decidieron que Jaén iba a tener la última Feria del año, la más llovida, la más prieta y la más alejada del andalucismo hartizo, obligado y papanatas al que se estaban apuntando por ahí abajo. No señor: de esas leyendas, tan recurrentes y útiles para los pregones festivos, ya estamos un poco empachados, vamos a reconocerlo. Bonito papel haría uno si vuelve sobre los pasos de tantos pregoneros sanlucasianos que nos han frito con aquello tan jaenerísimo de la pastira enamorada, de nombre Josefina, a la que su padre —un tal Julián, apodado el Sangruza, emparentado con los Pollagorda según algunos eruditos insaciables que no tienen otra cosa que hacer más que tratar de demostrar que había vínculos familiares entre Pollagordas y Sangruzas—, aquella pastira, digo, a la que su padre, hace tres o cuatro siglos, no permitió salir de feria por no aprobar los amores que se traía con el chirri Jacinto, que era el encargado de soplarles la pelusa a los canutillos del puesto de vino dulce y de pincharles en el culo a los pisadores de uvas cuando paraban, que en aquellos tiempos eran dos gachones de verdad, más tarde vinieron los Derechos Humanos y hubo que sustituirlos por los muñecos que aterrorizaron nuestras infancias en tanto nuestros titos se ponían joncha la diabetes y, si acaso, te daban un traguillo, no sé yo qué era peor. ¿Es necesario, pues, que repita hoy aquí el consabido desenlace de la pastira Josefina y el chirri Jacinto, aquello tan terrible de terminar sus cuitas malamadas ahogándose a cosa hecha en sendos tinajones del aceite del churrero del puesto de al lado, que era de oliva sin más, ni virgen ni extra ni gaitas, el aceite de los pobres, y describir con esa fruición tan morbosa e innecesaria de otros cronistas cómo les asomaban las patas por la boca de los tinajones y cómo a la chiquillería hambrienta de la época le daba igual y seguía mojando chuscos de pan para hacerse un canto mientras el jolgorio y el «¡piri-biri-piri-biri-piri-bí!» de los coches locos no paraba alrededor de la tragedia? Historias de un Jaén antiguo y aburridísimo con el que nuestras abuelas nos untaban el «pralín» en el «bimbollo», sin sabérselas muy bien tampoco, como aquella otra del lagarto que resucitó, se bajó de la Magdalena al ferial, atraído por los bocadillos de la caseta de Izquierda Unida, sembró el pánico como es debido y volvió a reventar gracias al valor de unos cuantos caseteros, que le dieron a beber su mejor y más potente garrafón reserva Feria de San Lucas. Me niego, me niego, ¡me niego! Vamos a la feria de hoy, de ahora, la que está por ver y por mejorar, la que recordamos sin que nos la cuenten y la que esperamos contar el año que viene si el Montané quiere y el Segovia lo mantiene vivo.
Y eso que a mí me ha tocado pregonar la Feria de la crisis, bendito encargo, veremos a ver cómo bajamos al ferial, si cantando «ya huele a feria, ya huele a feria, ya huele a feria» o murmurando el «perdona a tu pueblo, Señor» mientras nos acordamos de los ineptos a los que les pagamos un pastón precisamente para que mantengan alejada de nosotros la mala ruinica que tenemos encima, debajo y a un lado. Pero bueno, en época de crisis, a mal tiempo, abrigo viejo, paraguas parcheado, depresión quitada a pescozones y sonrisa oriental de buen augurio y mejores ratos venideros. Qué remedio, si nos van a dar igual. Mientras la crisis no afecte al impresionante cariño que nos tenemos todos en la feria… Porque, eso sí, qué tendrá San Lucas que, entre «cuchi ese qué gordo se ha puesto» y «cuchi esa qué apañá está», te impulsa a darle a un abrazo incluso al hijolgori cuyo aceitillo de las bisagras del ataúd de sus muertos a lo mejor no has tenido más remedio que mentarle el día anterior, «contri» más si encima el pavo o la pava no te cae mal del todo y parece que hace un pilón de años que no lo ves, cuando la última vez fue la semana pasada. Serán los copazos, digo yo, o el polvillo que se te mete en la nariz (me refiero al albero) o esa sensación tan propia de las abuelillas en jarana, que cuanto mejor se lo pasan más desconfían de seguir vivas y con salud para la próxima francachela y no paran de estar a bien con todo el mundo. O puede que sea también esa cosa de campamento que tiene la feria, donde los perifollos duran poco emperifollados, las corbatas se ajan mucho antes de desaparecer de los gaznates, los hígados se confunden con el corazón, la boca se te seca de mala baba y el que se cabrea tira la garrota y cuando va a por ella ya la tiene rota. Siempre hubo ferias mejores, claro que sí, pero la buena es esta, la que toca, no me vengáis con chominás, y os lo dice y aconseja un feriero convencido, un feriero de los de dos de la tarde a siete de la mañana, como debe ser, con media hora para el bocadillo de panceta con chimichurri y sin derecho a siesta. Así que atended, jaeneros: esta es nuestra feria, nuestro merecido despiporre de cada año, y a ver qué crisis tiene huevos de venir a deslucirla, que le vamos a estar dando palos hasta que consienta venirse con nosotros de buenas a comerse unas migas tiesas, una paella con polvo y un turrón llenico avispas, y después a la noria, tres viajes, a mezclar dando vueltas.
Feria de día, feria de tarde, feria de noche y de madrugada; feria en el ferial, en la casa de uno, en el cocherón de tu cuñao y, por favor, hombre, vamos a ver si cuajamos de una puñetera vez la feria también aquí arriba, cago en el copetín, la feria que no terminamos de tener en el casco antiguo. ¿Y será por tascas, cojollos, será por tascas? Lo que pasa es que, claro, antes es más fácil tirar la catedral a huevazos que poner de acuerdo a un tabernero de Jaén con otro tabernero de Jaén. Y aquí lo que hace falta es consenso y menos mala follá, menos recelos: sacar los mostradores de lata a la calle, enchufar la goma de la cerveza a la pared, poner a berrear altavoces con muchos Chunguitos y muchos melenchones, espolear al mocerío, colocarse un rosetón en el pelo y hacer de este casco antiguo una caseta común, la más popular y la más nuestra, para que todo no sean Chilindrinas de esas sin gracia y concursos de pañitos, tú díselo a estos del Ayuntamiento y verás como no ponen pegas, que aquí las pegas las ponen la sangre gorda de algunos, y si las ponen nos revolucionamos, los dejamos encerrados en el salón de plenos y tomamos la ciudad a nuestro modo, que ya está bien de tibiezas, que los tenemos muy mal «acostumbraos», que se aprovechan de la quejica y a otra cosa, «qué mal está esto, pero ahora me tengo que ir a la casa, que me se pasa el arroz».
Pero antes de cometer disparates y cosas de mucha risa, propongo varios brindis para finalizar. Vamos a brindar por los recovecos de San Lucas, por lo que no veía el Condestable ni tampoco se fijan mucho los condestables de ahora. Brindemos por el destornillador mágico que lleva en el bolsillo de atrás el operario pelijas de los coches locos; brindemos por el pirulo distintivo (hecho de cartones de tabaco) del gachón que nos vende el Winston de contrabando; brindemos por la choni que vomita «to» lo que «sa metío» y por la otra choni que le sujeta la cabeza y le dice «vamos, Yeni, ni pollas, ca’venío el Yonatan y me quiero enrolláh»; brindemos por el arte que tienen algunos encargados de plancha en las casetas del papeo rascándose el ojete de media anqueta mientras le dan la vuelta a la morcilla; brindemos por la fecha de caducidad del turrón que uno consigue echándole monedas de veinte céntimos y por el cartel que dice que no es reglamentario chupar las monedas de veinte céntimos antes de arrojarlas; brindemos por la voluntad y la moral del pijandrón que se va a la feria vestido de rociero y con un tamboril colgado en la ingle en pro de no sé qué estampa; brindemos por la satisfacción que le entra a uno cuando pilla un sombrero de los bonicos para la Ainoha, que está que se parte y eso son puntos, con las ganas que tenía el angelico de pillar un sombrero; brindemos por los carteristas chinorris, por las rumanas floristas, por el colgado mocarrón que se te pega y te da la brasa, por el faldón de la camisa por fuera; brindemos por el tufillo a caca de tigre y a ropa tendida de payaso que nos viene del circo «Roma Dola»; brindemos por la sofocación que nos da a los timoratos eso de mear en los urinarios de reglamenteción masculina rodeados de mujeres vejigales que ya no respetan ná ni tienen vergüenza; brindemos por la sabiduría atónita o lánguida del que vende los tikets en la caseta esa que está siempre pelada de gente y a la que sigue sin entrar ni dios; brindemos por la baba en chorrito que riega los gajos de coco, por el gurruño muerto y renegrido de algodón dulce que nunca falta tirado junto a un charco, por los microbios que deja el tío en las bolsitas de cañamones cuando les sopla para abrirlas y llenarlas (de cañamones); brindemos por el puñetazo que nunca nos resistimos a darle a las máquinas esas de pegar puñetazos y que la puntuación nos diga que somos tremendos; brindemos por el toro al que van a matar en La Alameda, por el enano del que se van a reír en La Alameda, por la Mujer Jaenera que yo ya no sé si se sigue haciendo en La Alameda… El caso es brindar.
Queden ustedes en paz, jaeneros, forasteros, amigos, vecinos, primos, alcaldas, concejales, gerentes de la vida, Cristina. Viva Jaén cuando sale de marcha, vivan los jienenses cuando se apuntan y viva San Lucas cuando se deja la santidad en sus glorias y se viste de drag-queen para pasar desapercibido en su Feria.
¡«Ámonos» que nos vamos y diversión que te crió!
En realidad, esto de pregonar la Feria de San Lucas de la tierra de uno, además del honor y la emoción y la satisfacción y todas esas tonterías que se dicen para quedar más guay que la copón y hacerse el chulo y el emotivo delante de la peña, además de todo eso, digo, yo creo que es un pérdida de tiempo que no debería tener perdón, porque a ver qué pollas hago yo aquí pegando voces y vosotros ahí abajo escuchándome cuando la Feria está que arde de sábado y comienzo, de pinchito y salero, de tómbola, de aguaducho, de sombrero y escandalera, de triquitrí, de tracatrá, de «cucha tú», de «ay por dios» y con los meaderos todavía limpios, se supone. Que la Feria son siempre muy pocos días, por muchos que les pongan, y nunca les ponen tantos los tíos rácanos estos que reparten y nos gobiernan la diversión; que la Feria se pasa en «ná», que la Feria dura lo que dura dura y al final nos encontramos con que sólo nos queda el polvazo en los zapatos y en los perniles de los calzones y unas ganas de seguir que te cagas, con los chiquillos desolados y la cartera boquiabierta por el desconcierto. Así que voy a procurar ser breve, que no quiero que me guardéis rencor por haberos robado un tiempo de diversión con la leche el pregoncito, que ya bastante tengo, «jamía». Además me han dicho que a la cabalgata ya no la pueden sujetar por más tiempo, que los gigantes se han hecho fuertes y tienen a dos munipas de rehenes, los cabezudos carecen de consuelo por el mal rato que les estamos haciendo pasar y los cristianos andan intimando demasiado con los moros, para matar el rato, y veremos a ver si no los vamos a tener que separar a «chillíos» contrarios al mestizaje cultural.
A ver: yo no voy a poder hablaros de aquellas ferias de «ganao», con sus picaruelos tratantes, sus moscas licenciadas en Humanidades y sus mulas llenas de mataúras, que sé que es lo bonito por lo que tiene de blanco y negro y de nostalgia costumbrista: primero, porque yo no viví aquello, y segundo porque de eso ya se ha hablado en pregones quinientas veces y va a haber que ir renovando, que para pestiñazos repetidos ya tenemos donde elegir en la vida. Tampoco se me pone en el ánimo hacer historia de legajo y papelote y contarles, una vez más, que el Condestable Miguel Lucas de Iranzo regentaba por las noches un tenducho de moricas corpulentas que se peían con bravura en la cara de los degenerados jienenses y forasteros que pagaban para ello. Lo tenía por ahí por el Gran Eje, más o menos donde hoy está la Universidad Popular, y como ya sabe todo el mundo —porque mira que se ha repetido veces esta historia, más que la de «que le den por culo a Perales»—, una noche de parroquia escasa se le presentó San Lucas y, entre cuescazo y cuescazo de morica bigarda y entre las risotudas carcajadas del Condestable —porque mira que tronaba Jabalcuz cuando se reía ese hombre—, decidieron que Jaén iba a tener la última Feria del año, la más llovida, la más prieta y la más alejada del andalucismo hartizo, obligado y papanatas al que se estaban apuntando por ahí abajo. No señor: de esas leyendas, tan recurrentes y útiles para los pregones festivos, ya estamos un poco empachados, vamos a reconocerlo. Bonito papel haría uno si vuelve sobre los pasos de tantos pregoneros sanlucasianos que nos han frito con aquello tan jaenerísimo de la pastira enamorada, de nombre Josefina, a la que su padre —un tal Julián, apodado el Sangruza, emparentado con los Pollagorda según algunos eruditos insaciables que no tienen otra cosa que hacer más que tratar de demostrar que había vínculos familiares entre Pollagordas y Sangruzas—, aquella pastira, digo, a la que su padre, hace tres o cuatro siglos, no permitió salir de feria por no aprobar los amores que se traía con el chirri Jacinto, que era el encargado de soplarles la pelusa a los canutillos del puesto de vino dulce y de pincharles en el culo a los pisadores de uvas cuando paraban, que en aquellos tiempos eran dos gachones de verdad, más tarde vinieron los Derechos Humanos y hubo que sustituirlos por los muñecos que aterrorizaron nuestras infancias en tanto nuestros titos se ponían joncha la diabetes y, si acaso, te daban un traguillo, no sé yo qué era peor. ¿Es necesario, pues, que repita hoy aquí el consabido desenlace de la pastira Josefina y el chirri Jacinto, aquello tan terrible de terminar sus cuitas malamadas ahogándose a cosa hecha en sendos tinajones del aceite del churrero del puesto de al lado, que era de oliva sin más, ni virgen ni extra ni gaitas, el aceite de los pobres, y describir con esa fruición tan morbosa e innecesaria de otros cronistas cómo les asomaban las patas por la boca de los tinajones y cómo a la chiquillería hambrienta de la época le daba igual y seguía mojando chuscos de pan para hacerse un canto mientras el jolgorio y el «¡piri-biri-piri-biri-piri-bí!» de los coches locos no paraba alrededor de la tragedia? Historias de un Jaén antiguo y aburridísimo con el que nuestras abuelas nos untaban el «pralín» en el «bimbollo», sin sabérselas muy bien tampoco, como aquella otra del lagarto que resucitó, se bajó de la Magdalena al ferial, atraído por los bocadillos de la caseta de Izquierda Unida, sembró el pánico como es debido y volvió a reventar gracias al valor de unos cuantos caseteros, que le dieron a beber su mejor y más potente garrafón reserva Feria de San Lucas. Me niego, me niego, ¡me niego! Vamos a la feria de hoy, de ahora, la que está por ver y por mejorar, la que recordamos sin que nos la cuenten y la que esperamos contar el año que viene si el Montané quiere y el Segovia lo mantiene vivo.
Y eso que a mí me ha tocado pregonar la Feria de la crisis, bendito encargo, veremos a ver cómo bajamos al ferial, si cantando «ya huele a feria, ya huele a feria, ya huele a feria» o murmurando el «perdona a tu pueblo, Señor» mientras nos acordamos de los ineptos a los que les pagamos un pastón precisamente para que mantengan alejada de nosotros la mala ruinica que tenemos encima, debajo y a un lado. Pero bueno, en época de crisis, a mal tiempo, abrigo viejo, paraguas parcheado, depresión quitada a pescozones y sonrisa oriental de buen augurio y mejores ratos venideros. Qué remedio, si nos van a dar igual. Mientras la crisis no afecte al impresionante cariño que nos tenemos todos en la feria… Porque, eso sí, qué tendrá San Lucas que, entre «cuchi ese qué gordo se ha puesto» y «cuchi esa qué apañá está», te impulsa a darle a un abrazo incluso al hijolgori cuyo aceitillo de las bisagras del ataúd de sus muertos a lo mejor no has tenido más remedio que mentarle el día anterior, «contri» más si encima el pavo o la pava no te cae mal del todo y parece que hace un pilón de años que no lo ves, cuando la última vez fue la semana pasada. Serán los copazos, digo yo, o el polvillo que se te mete en la nariz (me refiero al albero) o esa sensación tan propia de las abuelillas en jarana, que cuanto mejor se lo pasan más desconfían de seguir vivas y con salud para la próxima francachela y no paran de estar a bien con todo el mundo. O puede que sea también esa cosa de campamento que tiene la feria, donde los perifollos duran poco emperifollados, las corbatas se ajan mucho antes de desaparecer de los gaznates, los hígados se confunden con el corazón, la boca se te seca de mala baba y el que se cabrea tira la garrota y cuando va a por ella ya la tiene rota. Siempre hubo ferias mejores, claro que sí, pero la buena es esta, la que toca, no me vengáis con chominás, y os lo dice y aconseja un feriero convencido, un feriero de los de dos de la tarde a siete de la mañana, como debe ser, con media hora para el bocadillo de panceta con chimichurri y sin derecho a siesta. Así que atended, jaeneros: esta es nuestra feria, nuestro merecido despiporre de cada año, y a ver qué crisis tiene huevos de venir a deslucirla, que le vamos a estar dando palos hasta que consienta venirse con nosotros de buenas a comerse unas migas tiesas, una paella con polvo y un turrón llenico avispas, y después a la noria, tres viajes, a mezclar dando vueltas.
Feria de día, feria de tarde, feria de noche y de madrugada; feria en el ferial, en la casa de uno, en el cocherón de tu cuñao y, por favor, hombre, vamos a ver si cuajamos de una puñetera vez la feria también aquí arriba, cago en el copetín, la feria que no terminamos de tener en el casco antiguo. ¿Y será por tascas, cojollos, será por tascas? Lo que pasa es que, claro, antes es más fácil tirar la catedral a huevazos que poner de acuerdo a un tabernero de Jaén con otro tabernero de Jaén. Y aquí lo que hace falta es consenso y menos mala follá, menos recelos: sacar los mostradores de lata a la calle, enchufar la goma de la cerveza a la pared, poner a berrear altavoces con muchos Chunguitos y muchos melenchones, espolear al mocerío, colocarse un rosetón en el pelo y hacer de este casco antiguo una caseta común, la más popular y la más nuestra, para que todo no sean Chilindrinas de esas sin gracia y concursos de pañitos, tú díselo a estos del Ayuntamiento y verás como no ponen pegas, que aquí las pegas las ponen la sangre gorda de algunos, y si las ponen nos revolucionamos, los dejamos encerrados en el salón de plenos y tomamos la ciudad a nuestro modo, que ya está bien de tibiezas, que los tenemos muy mal «acostumbraos», que se aprovechan de la quejica y a otra cosa, «qué mal está esto, pero ahora me tengo que ir a la casa, que me se pasa el arroz».
Pero antes de cometer disparates y cosas de mucha risa, propongo varios brindis para finalizar. Vamos a brindar por los recovecos de San Lucas, por lo que no veía el Condestable ni tampoco se fijan mucho los condestables de ahora. Brindemos por el destornillador mágico que lleva en el bolsillo de atrás el operario pelijas de los coches locos; brindemos por el pirulo distintivo (hecho de cartones de tabaco) del gachón que nos vende el Winston de contrabando; brindemos por la choni que vomita «to» lo que «sa metío» y por la otra choni que le sujeta la cabeza y le dice «vamos, Yeni, ni pollas, ca’venío el Yonatan y me quiero enrolláh»; brindemos por el arte que tienen algunos encargados de plancha en las casetas del papeo rascándose el ojete de media anqueta mientras le dan la vuelta a la morcilla; brindemos por la fecha de caducidad del turrón que uno consigue echándole monedas de veinte céntimos y por el cartel que dice que no es reglamentario chupar las monedas de veinte céntimos antes de arrojarlas; brindemos por la voluntad y la moral del pijandrón que se va a la feria vestido de rociero y con un tamboril colgado en la ingle en pro de no sé qué estampa; brindemos por la satisfacción que le entra a uno cuando pilla un sombrero de los bonicos para la Ainoha, que está que se parte y eso son puntos, con las ganas que tenía el angelico de pillar un sombrero; brindemos por los carteristas chinorris, por las rumanas floristas, por el colgado mocarrón que se te pega y te da la brasa, por el faldón de la camisa por fuera; brindemos por el tufillo a caca de tigre y a ropa tendida de payaso que nos viene del circo «Roma Dola»; brindemos por la sofocación que nos da a los timoratos eso de mear en los urinarios de reglamenteción masculina rodeados de mujeres vejigales que ya no respetan ná ni tienen vergüenza; brindemos por la sabiduría atónita o lánguida del que vende los tikets en la caseta esa que está siempre pelada de gente y a la que sigue sin entrar ni dios; brindemos por la baba en chorrito que riega los gajos de coco, por el gurruño muerto y renegrido de algodón dulce que nunca falta tirado junto a un charco, por los microbios que deja el tío en las bolsitas de cañamones cuando les sopla para abrirlas y llenarlas (de cañamones); brindemos por el puñetazo que nunca nos resistimos a darle a las máquinas esas de pegar puñetazos y que la puntuación nos diga que somos tremendos; brindemos por el toro al que van a matar en La Alameda, por el enano del que se van a reír en La Alameda, por la Mujer Jaenera que yo ya no sé si se sigue haciendo en La Alameda… El caso es brindar.
Queden ustedes en paz, jaeneros, forasteros, amigos, vecinos, primos, alcaldas, concejales, gerentes de la vida, Cristina. Viva Jaén cuando sale de marcha, vivan los jienenses cuando se apuntan y viva San Lucas cuando se deja la santidad en sus glorias y se viste de drag-queen para pasar desapercibido en su Feria.
¡«Ámonos» que nos vamos y diversión que te crió!
11.10.08
Pizarro
Hombre, a ver, yo no voy a sacar ahora la cara por el Josenrique Fernández de Moya, dios me libre, ni casi por nadie derechoto, las cosas como son, ya me conocéis, aquí todo el mundo sabe que estoy vendido al PSOE y no le falta razón en sus saberes, pero la rabieta del Juan Pizarro echándole la culpita de sus ciento cuarenta y tres adscripciones (frente a las dos mil ciento veinte del Josenrique) a la organización del próximo Congreso pepero jaení me parece un pelín chiquillona. Tío, Pizarro, si no pillas compinches en tu guerra contra lo establecido, será porque te falta la cosa esa del carisma o porque no ofreces los placeres necesarios, ¿no has podido planteártelo? ¿Tiene que ser culpa de terceros que no te quieran mucho, o al menos no tanto como a tu rival, siempre tan bien peinadico? Uno pide apoyos y hasta tabaco, cuando está tieso, pero ya se sabe que, ante el defecto de pedir, puede imponerse la virtud de no dar, y de hecho se impone, en estos tiempos de crisis y eso. Ese rebote no te pega, Pizarro, hay que saber abandonar cuando no cabe más remedio. Así es la vida. Deja tú al Josenrique que se lo coma un día la Solar, mi Inma, y verás que se vive mejor sin esperar más amigos que los que se te pegan solicos. Hazme caso, anda.
10.10.08
No, nada
Antes de ir mañana a la feria iremos al cementerio cogidos de la mano a rezar dos Padretuyos y tres Aventarías ante nuestros nichos juntitos y aún calientes. Tú, de gitana conversa; yo, de lacayo servil. Tras las oraciones nos sentaremos un rato en un banco de plástico, entre los panteones y los cuervos, a comernos los pistachos y las gominolas del aperitivo con que nos desayunamos todos los días para seguir en silencio y mirarnos las pestañas en busca de motitas y de pitarras, porque quien desayuna eso no puede hacer más que amarse, callar y mantenerse limpios los ojos que se ha de comer la tierra y el gusano Perico. Tal vez me lleve la petaca con el licor de moras que nos repugna, pero no estoy seguro, ya veré. Esperaremos así, en silencio, a que pase una vieja enlutada de hijo de su sangre para reírnos de ella y denigrarla con insultos muy tiernos y también festivos. Y entonces sí, nos iremos a la feria, caminando y sin cogernos ya de la mano, yo detrás de ti, mirándote el culo, y tú con tu cojera, cantando en inglés esas canciones francesas que te enseñaron en Sevilla dos malagueños de Austria sin cejas ni devoción. El ferial vivirá bullente, así que no tardaremos en perdernos para siempre entre el gentío. Es la feria que este año te propongo. Adiós.
9.10.08
Chóped chulo
De no querer percibir ni reconocer el pestazo de la crisis cuando se estaba cociendo, los socialistas del Gobierno han pasado a ponerles un “colchón” a los bancos y a las cajas de ahorros para que no quiebren y nos dejen sin un céntimo. Tiene mandanga. Los bancos son templos en los que se entra en silencio, se habla bajito y se sale en silencio, a veces incluso santiguándote con los billetes; pero ahora estamos viendo que también los bancos y cajas pueden llegar al griterío de un mercado en hora punta como se acaben los solomillos y empiecen a flaquear las coliflores, como desaparezcan las cebolletas y el chóped se ponga chulo. Pobres banqueros, qué mal rato deben estar pasando. Si nosotros, los neófitos en economía, los burracos, empezamos a sospechar de una brisilla de mal rollo catastrófico, qué no sabrán ya los que se conocen hasta el nombre de la suegra del que carga los pliegos de billetes para llevarlos a cortar a la guillotina: para esos, la brisilla debe de ser ventolera y empieza ya a despeinarles los cuatro pelos. Aquí las víctimas, allí los entendidos y los ejecutores, los dueños de la llave de la caja de caudales gordota, los que callan la desgracia colectiva en tanto solucionan la suya. Congélate el sueldo antes de que te desenchufen el congelador.
7.10.08
El folletaje
Es en las ferias temáticas o de profesionales donde el ser humano luce con más nitidez en sus chominaícas y en sus virtudes. A esa conclusión he llegado, cuchusté. Y, en ese mismo ámbito, también he llegado a la conclusión de que muchos políticos juntos y de pie son como enjambres amaestrados, como bandadas de pájaros naturalmente regidos por sus asesores y todo el chorro de peña que llevan detrás, que a un “¡chas!” inaudible entre los dedos de alguien se reorganizan y desplazan, todos a una y en perfecta posición jerárquica, y van a lo suyo con la indolencia de quien se siente importantísimo entre la plebe, pero de eso hablaré otro día, siempre que me dé la gana, claro está. Hoy hablo de seres humanos, no de políticos. Y pongo por ejemplo Tierra Adentro, que es un comedero y un bebedero habitual al que muchos ejemplares de nuestra especie acudimos todos los años como a un centro de auxilio social, lampando por una loncha de jamón, un vasito de vino y por los tres millones de folletos que recogemos como si fueran incunables y que al día siguiente tiramos al cubo de la mugre porque nos damos cuenta de que, sobre la mesa camilla o el taquillón de nuestra casa, ya no parecen tan bonitos como lo parecían en el mostrador del stand.
6.10.08
Biométrico
Léase el “¡eeeeh!” que sigue en el tono burlón de quien se ceba y reconforta en la desgracia ajena al tiempo que señala con el dedo: ¡Eeeeeh! Se lo dedico a los funcionarios del Ayuntamiento jaenino, a quienes ya no les va a servir para nada el sistema anterior de control de las llegadas y salidas currales, o sea el “palabrita del Niño Jesús” que me enganché a mi hora y dí de mano a la suya. Ahora les van a poner, ya les están poniendo, un fichadero, como a los modernos, como en las películas y en los telefilmes, para que el juramento tenga, además, validez informática. Y qué gracioso el concejal de Recursos Humanos, el José Manuel Colmenero, que dice que con este sistema se mejora la organización interna de la Administración local, cuando lo que en realidad quiere decir es que ya está bien de escaquearse, cojollos, y de soplarle durante una hora al café del desayuno. Así, así, así me gustan a mí los funcionarios, atadicos, con sus derechos y sus cosas, claro que sí, pero sin libertad absoluta, que eso no es bueno y aturde y confunde y marea y cuesta dinero. Sistema biométrico, se llama la cosa, dicha así en pedante. El PP de antes se gastó cuarenta mil euros en él y lo dejó arrumbado por ahí, ya lo instalaremos. Y es que con el PP de antes se vivía mejor, ¿a que sí?
3.10.08
Qué dirán
A la derecha jaenita le podemos y deberíamos negar muchas cosas. En realidad le podríamos negar todo o casi todo, más que nada por ese prejuicio dictatorial que tenemos los progres de izquierdas y por lo retorcidos que somos, que cualquier día va a venir el demonio y nos va a llevar de los pelos al infierno, sí señor. Sin embargo, lo que no le podemos negar a la derecha jaenita, y en particular a sus representantes en la tierra, o sea el Partido Popular, es que son muy de calle y hasta para echarse los perros les importa tres narices, un comino y medio pito el qué dirán. La riña entre mi Inma, la Solar, y el García Anguita, el edil, de la que nos hablaba ayer este diario, acaecida en las mismísimas puertas del Ayuntamiento, viene a confirmarnos, una vez más, que los conservadores de esta capital de provincia ya no se preocupan de guardar las apariencias —que siempre ha sido una cosa muy de derechas— y la verdad es que eso está muy bien. Es progreso, a lo mejor a través de la corrupción de las formas tradicionales, pero progreso es. Bronca a las claras fue también el afilado y valiente artículo con el que mi Inma, la Solar, le arreó dos castañas al Josenrique el pasado lunes en este periódico. Qué tía, mi Inma, qué rejo tiene. Yo así no puedo dejar de amarla.
2.10.08
La guita
Pedazo de esfuerzo les debe haber supuesto congelarse los sueldos al presidente del Gobierno, a la vicepresidenta, al Solbes ese de la voz ceniza y a todos los ministros y altos cargos del tinglado estatal; sueldos que van desde los 92.000 euros anuales que trinca Zapatero a los 146.000 que se embolsan los juezacos presidentes del Supremo y del Constitucional, pasando por los barandas autonómicos, mandos militares y tíos grandes de la pestañí y los picoletos. Etcétera. Qué ruina para una casa, pero qué gran ejemplo ante la crisis para todos los españoles. A eso se le llama apretarse el cinturón italiano de piel y mucha marca, otros deberíamos imitarlos en pro de la economía de nuestro país y tirarnos un poco más de la guita, aunque por ello echemos los calostros por las orejas. A ellos qué más les da la crisis. ¿Usted se cree de verdad que a esa gente le afecta la crisis? Nos meten en ella, por ineptos, y mientras siguen cobrando sus pastizales para ver si nos sacan, el que tiene que apechugar es usted, viandante, autónomo, parado, ama de casa, contratado basuriento. Ellos ya se limpian la conciencia impidiéndose a sí mismos cobrar más (hasta que escampe) de los quince y hasta los veinticuatro millones de pesetas al año. Ea, como tienen estudios…
1.10.08
Morcillas
Pregúntale a cualquier presidente de comunidad autónoma española si el grado de las exigencias al Gobierno central en beneficio de su territorio depende del partido que pernocte en el Palacio de La Moncloa. Te dirá que no, por supuesto: te dirá que su principal preocupación es su comunidad autónoma, al margen de partidismos, incluso puede que hasta se ponga lírico y añada que para eso lo ha elegido su electorado. Pregúntale a Chaves. Por lo de la deuda histórica. Pregúntale. Pregúntale qué habría pasado si, hace unos años, José María Aznar le hubiera propuesto saldar parte de la deuda con suelo andaluz. Je je. Es más: je je. Insisto: je je. Vete tú a cobrar los quinientos cuarenta euros que te debe el gachón ese tan feo de la charcutería y que te salga con que te los paga en morcillas. ¿Quinientos cuarenta euros de morcilla? ¿Por dónde se las mete? Dí, por dónde. ¡Que lo digas! ¿Por dónde se mete las morcillas el tío ese tan feo de la charcutería? Otra cosa es si el de la charcutería es tu hermano, tu primo, tu tía la viuda, tu amiga. Entonces qué. Qué. A ver, qué. Pues que se considera lo de la morcilla, no es tan disparatado, las cuentas se ajustan, nada huele a estafa, sólo huele a morcilla. ¿A qué huele sólo? A morcilla.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)