29.9.08

Inés Rosales

Abierto, otra vez, el debate sobre qué hacer con la prostitución. Y las que queden, oiga usted. El oficio más antiguo del mundo es también el oficio más imperecedero del mundo. ¿Qué hacemos con la putilla del pueblo?, se preguntaban las beatas enlutadas, cada miércoles por la tarde, alrededor de una mesa camilla (con tapete) mientras tomaban café, anís y tortas de Inés Rosales, las legítimas y acreditadas de Castilleja de la Cuesta, provincia de Sevilla. Echarla, por supuesto, a la putilla hay que echarla, de mañana no pasa, de mañana no pasa… Y así todos los miércoles. Es lo mismo, sólo que las beatas de ahora que quieren desterrar a la suripanta son agnósticas, feministas, visten de Dutti y toman preparados ricos en fibra para hacer caca correcta y con toda regularidad. Las tortas ni probarlas, más que nada porque engordan y porque son una ordinariez, jamía, qué quieres que te diga. En casi todas las redenciones suele haber mucha hipocresía, pero si nos metemos a salvar prostitutas podemos reventar un pelín. La prostitución debería ser un oficio voluntario, legal, regularizado y desprovisto de prejuicios. Con la putería no va a acabar nadie, ya está bien de discursitos hueros para quedar chulérico y muy siglo XXI. Hale, y ya he quedado yo como un putero.

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